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Location: Santo Domingo, Dominican Republic

Monday, June 06, 2005

RAZA Y RACISMO - II

Charles Darwin / Montesquieu


UNA REPUBLICA COLONIAL
Aperturas, cambios y adecuaciones

Formalmente no existe un sistema "colonial republicano"; pero, ¿cómo llamar al sistema cuyo influjo colonial aún gravita en las estructuras de su presente condición de república?



Pedro Samuel Rodríguez-Reyes


Capítulo II

RAZA Y RACISMO

"La actitud racista traduce todo lo que es histórico en natural.
En consecuencia, lo vuelve imposible de modificar".

Alberto Burgio. Profesor de Historia de las Ideas.
Universidad de Bolonia; Italia
.


1- El mito de las razas.

Dentro del cuerpo de ideas que estas páginas pretenden articular, consideramos apropiado incorporar el tema de la raza y el racismo como tópico que atañe y compete debatir a un pueblo de conformación multiétnica como el dominicano. Asimismo, consideramos útil tratar de comentar algunos mitos ampliamente difundidos sobre razas y pueblos, referidos a unos mal fundados juicios de valores, y finalizar con una visión general sobre el posible origen y evolución de las ideas y las doctrinas racistas.

Pero antes de hablar de las razas del hombre es necesario hacer referencia al origen de la especie humana.

Existen dos tendencias antropológicas que explican: a) un origen múltiple o poligénico, y b) un origen único o unigénico de la especie humana.

Los partidarios del poligenismo opinan que cada raza humana tuvo un origen diferente, por lo que, las razas blancas se originaron en el norte frío –dicen-, las negras en las regiones tropicales de Africa, la raza amarilla en Oriente, etc. Mientras que quienes son partidarios del unigenismo opinan que la especie humana tuvo un origen común, un tronco único, y que las diversas razas fueron consecuencia de los cambios anatómicos que las adaptaciones a los diferentes medios físicos produjeron en el hombre.

Es decir, la concepción unigenista –a la que nos inclinados- plantea que observado desde una muy amplia dimensión temporal, el ser humano y el resto de las demás especies vivas, frente a un determinado medio circundante, se adapta, y tales adaptaciones producen cambios permanentes en sus rasgos físicos. A tales cambios se les llama razas.

Si, eventualmente, no hubo posibilidad de adaptación a un ambiente específico, sólo quedaba la opción de marcharse o la de no sobrevivir.

En sentido general, parece que el aislamiento y su contraparte la movilidad, el contacto con lo novedoso, la adaptación y el cambio, marcan en forma determinante a hombres, pueblos y sociedades, pero este fenómeno no tiene que ver, ni hay base científica que lo sustente, con los supuestos de unas superioridades o de unas inferioridades raciales entre seres humanos. En sus diversos desplazamientos, cada grupo humano se adaptó de la mejor manera posible al medio físico en donde se había asentado. Consecuentemente, el habitante del norte frío no tendría razón alguna en adaptarse a un medio tropical en el cual no vivía; lo mismo vale para el habitante de los trópicos.

Una visión de tradición unigenista sobre el posible origen y evolución del hombre nos la da el escritor británico Richard Mayne (1) en la forma siguiente: “Los más remotos antepasados del hombre –dice- vivieron en Africa Sudoriental hace unos veinte millones de años; pasaban casi toda su vida en los árboles resguardándose de los depredadores que los acosaban. Luego, unos millones de años más tarde, el clima varió, y lo que en tiempos fueron selvas, se convirtieron en abiertas sabanas como las de la mayor parte del Africa actual. Los decrecientes árboles se atestaron y hubo que pelear por ellos. Los fuertes desalojaron a los débiles. Los que se quedaron en los árboles, son, probablemente, los antepasados de los grandes simios posteriores, y los alfeñiques que se vieron obligados a descender a tierra hicieron surgir, con el paso del tiempo, al hombre. La vida en el suelo era peligrosa, y la selección natural se aceleró: los supervivientes tenían pies firmes, piernas fuertes y rápida inteligencia. Restos con características de este Homo erectus o pitecántropo se han encontrado en lugares tan diversos como Marruecos, Argelia, Africa Oriental y Meridional. Muy probablemente, algunos de los miembros de esta especie fueron los primeros europeos.

Recientemente –continúa Mayne-, en 1960, se produjo en Europa un descubrimiento crucial: en las cuevas de Escale, en St-Esteve-Janson (valle de Durance; en el departamento de Bocas del Ródano, Francia) dos investigadores franceses, Eugene y Marie-Francoise Bonifay, encontraron gran cantidad de huesos pertenecientes a animales extintos, junto con unos cuantos fragmentos de útiles de arcilla. Allí habían comido y vivido cazadores prehistóricos. Más importante aún, la roca estaba agrietada y enrojecida en al menos cinco sitios, algunos con vestigios de ceniza. Los cazadores habían encendido fogatas: eran hombres. Probablemente, los restos databan de hacía unos 750 mil años: de la época de los pitecántropos. Este, parece ser el primer hogar conocido de los hombres europeos, cuyos antepasados procedían de Africa y pudieron ascender a través de España por el estrecho de Gibraltar, que en aquella época es muy posible el Mediterráneo estuviera cruzado por varios puentes terrestres. Habrían provenido desde Túnez a Sicilia e Italia a través de los estrechos turcos a ambos extremos del mar de Mármara ”, concluye el autor británico.

Se ha dicho que la civilización es y ha sido conformada a partir de la exposición y adaptación a lo novedoso, el desplazamiento y la movilidad, y que, en general, los pueblos nómades han sido más curtidos –fogueados- que los agrícolas. ¿Qué les condujo a desplazarse? La respuesta no es del todo definitiva; unos afirman que ha sido las variaciones del clima; otros creen que ha sido la migración de los rebaños, o la búsqueda de terrenos más fértiles.

En todo caso, lo que parece cierto es el hecho de que los grupos humanos y pueblos que no se expusieron a lo novedoso, no tuvieron que adaptarse a situaciones nuevas, y, en consecuencia, su evolución corresponde a su auténtica tradición sedentaria. Así, podemos ver en el actual continente africano a los descendientes de quienes no emigraron del Africa Sudoriental en aquellos remotísimos tiempos, y así, a la vez, podemos observar en la actual Europa -en la vasta perspectiva de la Historia- a los que sí emigraron desde la misma Africa Sudoriental en aquellos mismos remotísimos tiempos, convertidos en europeos, desparramados por el Cáucaso y por la vastedad del globo, en su ruta milenaria.

Las diferencias anatómicas de los seres humanos (razas) producidas por las adaptaciones a los medios físicos en el largo tiempo, llevan aparejadas diferencias de culturas como adicional consecuencia de la misma adaptación. En términos simples, el modo de vivir la adaptación es la cultura; la forma en que la adaptación haya cambiado ciertos rasgos físicos del hombre es lo que se ha dado en llamar raza. De hecho, “el término raza ha sido abandonado en cualquier acepción asociada a la política o a la historia” (2). Al menos, la mayoría de los sociólogos modernos ha dejado la discusión sobre la existencia de las razas a biólogos y antropólogos. “Se ha calculado que, en la totalidad del material genético, sólo 0.012% de la variación de unos seres humanos a otros puede atribuirse a diferencias entre lo que se da en llamar razas”, ha declarado la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en 2001.

Algunos grupos humanos que en el largo tiempo han logrado sobrevivir y adaptarse a lo que consideran formas complejas de un medio físico, son quienes se abrogan la pertenencia y la adscripción a las culturas llamadas superiores, alegando que la adaptación a tales formas complejas ha devenido en la conformación de culturas igualmente complejas y, por tanto superiores. Las demás culturas –arguyen- son el producto de medios físicos benignos. Se ha dicho, sin embargo, que, científicamente, "no hay sociedades superiores ni inferiores, y que (incluso) los pueblos sin historia escrita no se oponen en absoluto a los pueblos históricos" (F.S. Krausse; Volskunde, 1899).

De todos modos, parece que el contacto con lo novedoso enriquece, y, al contrario, el aislamiento podría causar involución, como habría sucedido con el llamado “hombre de Tasmania” el que parece involucionó en su largo aislamiento, según narra H. G. Wells en su Breve historia del mundo.

Hay que mencionar, que pese a su conformación operada en relativo aislamiento debido a la naturaleza insular de su geografía y a eventos acaecidos en su historia, el pueblo dominicano no ha involucionado. Al contrario, importantes segmentos de los aportes étnicos originarios que conforman este pueblo -exesclavos- han estado realizando desde hace siglos, notables tránsitos sociales, como hemos señalado en el capítulo anterior. Ese vector étnico se ha expuesto a novedades en este territorio, y necesariamente ha evolucionado acorde a la naturaleza de ese proceso. La percepción de “atraso” del conjunto de la sociedad quizás deba ser entendido como costo y compensación históricos de esos tránsitos, y no sólo asimilado y expresado con elemental pesimismo desde la óptica de quienes se vinculan al ámbito de la tradición colonial de dueños, colonos y amos.

Ciertamente, el secular aislamiento de este pueblo en su conjunto le ha impedido desarrollarse con mayor rapidez. El temprano desinterés de la metrópoli por nuestra colonia (3) y, además, la falta de vecinos que le hayan estimulado a la competencia creativa, que le expusieren al permanente escrutinio y a la crítica extranjera, puede que sea causa adicional de su insatisfactorio desarrollo.

No obstante, el tiempo que el pueblo dominicano ha transcurrido en ese aislamiento podría recuperarse, como en una forma, tal vez inconsciente, ha estado ocurriendo a través de la necesidad de los viajes al exterior de los últimos decenios; en cierta forma a través del turismo, y, quizás, si el Estado lo propicia, podría el pueblo contactar lo novedoso mediante un masivo interés por los estudios, y por la apropiación de conocimientos; todo lo cual, en definitiva, es otra forma de exposición a novedades, de cambio, de evolución y de compensación de lo perdido.


2- Racismo:

Entendemos que el racismo está aposentado más bien en el ámbito de la cultura. La diferencia de culturas es lo que ha hecho posible la histórica explotación y el aprovechamiento de unas culturas sobre otras. Creemos que la raza, para el racista, es el recurso visual que facilita la identificación de una cultura que él supone subyace debajo de unos rasgos físicas. Se apela a ese recurso como vía expedita e instantánea, llamándosele racismo a tal ejercicio.

Para los estudiosos del racismo, el término racista tiene un contenido y un origen definidos, aunque admiten que en los últimos decenios se ha desprendido de su uso múltiples acepciones, que hacen de su definición objeto de desacuerdo por la variedad de fenómenos a que se aplica en la práctica.

En efecto, el término racismo se utiliza muy frecuentemente de modo confuso, asignándole significados con los que no tiene estricta relación ni competencia, por lo que podría señalarse un prontuario de aplicaciones equivocadas del término, por ejemplo: racismo de género, racismo contra los pobres, etcétera. No obstante, algunos autores (4) plantean que la definición de racismo debe ser tan amplia como para incluir toda forma de exclusión, desprecio y de opresión de minorías que muchas veces son racializadas: mujeres, determinados grupos étnicos, homosexuales, enfermos mentales, subproletarios, etcétera. Obviamente, suponemos que incluir tan vasta competencia a un concepto sería poco práctico.

Existen en la actualidad dos grupos o dimensiones en que se concibe el racismo (T. Todorov):

a) El racismo como actitud o comportamiento. Es ésta una dimensión cuya génesis ideológica posee profundas experiencias históricas.

b) El racismo como elaboración teórico-doctrinaria. Esta segunda dimensión ha sido recientemente designada racialismo para diferenciarla de la primera, y abarca novísimas categorías de ideas racistas. Por consiguiente, es una dimensión con escasa tradición histórica.

La versión clásica del racismo concebido como actitud o comportamiento (a) es la que corresponde a nuestro ámbito dominicano en particular, y al ámbito caribeño y latinoamericano en general. Esta posee una tradición histórica en la que los dominicanos hemos estado inficionados desde hace siglos. Por su parte, las proposiciones y elaboraciones de la segunda dimensión (b), pertenecen más bien al ámbito europeo y son, comparada con la primera, de novedosa construcción intelectual.

Pensamos que las ideas racistas, en general, posiblemente tienen un momento de partida común en las décadas finales del siglo XVIII cuyo momento coincide con la aparición de algunos eventos, entre los que podríamos citar:

1- Los postulados de Libertad, Igualdad y Solidaridad de la Revolución Francesa (1789).

2- La sangrienta revuelta de los esclavos africanos en el Saint Domingue francés (Haití) de 1791.

3- El advenimiento de la Revolución Industrial iniciado en Inglaterra a principios del siglo XIX, con la que ya se vislumbraba a la máquina como posible sustituta del esclavo.

Tales eventos coadyuvaron en diversas formas para que resultase cada vez más difícil el mantenimiento de las tradicionales relaciones entre amos y esclavos. Esas dificultades que surgían se expresaron con marcada frustración por parte de los esclavistas; y es que, en definitiva, una Era se veía concluir para éstos, y otra Era empezaba para los explotados.

Algunas de las novedosas ideologías racistas (b), por su parte, se originan y maduran en Europa Occidental, llegando a su apogeo y derrumbe en el siglo XX al ser utilizadas políticamente por el régimen de la Alemania nazi con nefastas consecuencias. En adición, muy recientemente, las inmigraciones de extranjeros a territorio europeo ha dado como resultado un brote de rechazo hacia “el otro diferente” que ha estado exponiéndose en términos de novísimas elaboraciones teóricas concebidas dentro de unos marcos racistas.

El autor búlgaro Tzvetan Todorov (establecido en París en 1963) en su obra Nosotros y los demás (5), señala que “estas dos dimensiones o grupos en los que se concibe el racismo no son necesariamente dependientes ni están conjuntamente presentes”, y para no confundir ambos grupos de concepciones, este autor propone llamar “racialismo” al racismo como doctrina (b).

Los señalados eventos ocurridos a partir de finales del siglo XVIII (Revolución Francesa; sublevación de esclavos en Saint Domingue, y el advenimiento de la Revolución Industrial), provocarían la suficiente frustración en los esclavistas tradicionales como para que éstos estimulasen el surgimiento de las primeras ideas racistas como respuesta. Por tales razones, no se harían esperar las opiniones de biólogos, anatomistas, filósofos y teólogos de la época. Había en los esclavistas tradicionales la necesidad de justificar la continuación de la explotación y el aprovechamiento de “culturas y pueblos atrasados”.

En esas primeras elaboraciones, puede mencionarse algunos autores clásicos pioneros en el surgimiento del aún embrionario racismo, como el francés Georges-Louis Leclerc de Bufón (1707-1788); el médico alemán Johan Friederich Meckle (1724-1774) promotor del racismo “científico”, quien después de examinar los cadáveres de dos africanos muertos en la capital prusiana, llegó a la conclusión de que sus cerebros y sangre eran tan negros como su piel; Christianus Emmanuel Hopius con su tesis Anthropomorpha (1760); Pierre-Jean-Marie Flourens (1794-1867) y Paul Topinard (1830-1911), quienes sostuvieron que, con la obra de Buffon, L·Homme –Tomo III-, se diferenció la antropología como ciencia independiente; Johan Friedrich Blumenbach (1753-1840), quien en 1775, a los 22 años de edad, publicó su tesis de medicina en la que reunía y sintetizaba los conocimientos del momento en materia de antropología física, y se adhería a la posición monogenista; A. de Gobineau con su obra La desigualdad de las razas humanas (1852); H. S. Chamberlain, y otros como Renain, Taine, Le Bon, Wagner, etcétera.

Tales esfuerzos significan que los frustrados y temerosos esclavistas movían sus hilos desesperadamente; sin embargo, pese a sus esfuerzos, a éstos sólo les sobrevendría los continuos procesos de independencia, la paulatina abolición de las prácticas esclavistas y la descolonización. La frustración, entonces, debió convertirse en definitiva desesperanza. Ya no les fue posible revertir el proceso de unos cambios que apuntaban a la desaparición de las clásicas relaciones de siglos entre ellos y sus esclavos.

Pero la frustración y la desesperanza se convierten en rabia, y empieza un combinado ataque retórico desde las esferas del poder esclavista y su intelectualidad positivista en contra de las “razas inferiores”. Charles Darwin escribió, en 1859, “Las razas de inferior intelecto están condenadas al exterminio”. En 1871 este mismo hombre de ciencia afirmaba que “los gorilas y los hombres salvajes eran las especies intermedias entre los monos y los hombres blancos”, y luego apostillaba “en el futuro, las razas civilizadas (...) van a exterminar y reemplazar las razas salvajes”.

Por esta misma época el antropólogo J.C. Prichard creía que “las razas salvajes no podrían ser salvadas, como tributo a cobrar por la civilización”. El filósofo alemán Edward von Hartmann escribió en el segundo tomo de su obra Philosophy of the unconscious (1844): “Cuando hay que cortar la cola de un perro no se le hace ningún favor cortándosela trozo a trozo. Es igualmente poco humano tratar de prolongar su agonía mediante medios artificiosos a pueblos salvajes que están al borde de su desaparición”.

Robert Knox quien con su obra The races o man (1850) se oficializa el racismo, se preguntaba: “¿Pueden ser civilizadas las razas oscuras? ¡Absolutamente no!, se respondía. En 1863, un discípulo de Knox, Richard Lee, afirmaba: “A causa de su superioridad moral e intelectual, la raza anglosajona va barriendo del mapa a las poblaciones inferiores. Es la luz que devora a la oscuridad” (6).

A partir de algunos decenios posteriores a la divulgación de estas prédicas en Europa, aparecen sus ecos en ciertos círculos de República Dominicana, cuyas prédicas, quizás, darían estímulo o, tal vez, propiciarían el período del llamado Pensamiento Pesimista Dominicano, el que, desafortunadamente, aún hoy –vergüenza da admitirlo- parece resistirse a ser superado en nuestro país. Pensadores criollos de las primeras décadas del siglo XX promovieron sus valoraciones acerca del comportamiento social dominicano generalmente basadas en supuestas características biológicas de ese pueblo.

Es evidente una cierta coincidencia de estas valoraciones locales con algunos de los postulados europeos. En el libro Identidad y proyecto de nación (7) editado en Santo Domingo, por la Fundación Global Democracia y Desarrollo, en 2004, Josefina Záiter, doctora en psicología por la Universidad Complutense de Madrid (1985), ofrece una interesante lista de pensadores dominicanos representativos de este período pesimista, de cuya lista tomamos algunos. “Francisco Moscoso Puello –dice la Señora Záiter- , quien en su obra Cartas a Evelina nos presenta al hombre dominicano caracterizado por ser: haragán, inepto, con complejo de inferioridad, desconfiado, pícaro, agresivo, y miedoso, y lo sitúa apresado en sus orígenes étnicos; determinado por ser mulato” (pp. 14-15). Francisco Henríquez y Carvajal (1859-1937) –continúa la Dra. Záiter- , reitera que el dominicano es vicioso, sin práctica gubernativa, habiendo vivido en la precariedad que lo lleva a un lento desarrollo; todas estas características y limitaciones las vincula a la composición étnica del pueblo dominicano”.

La Señora Záiter agrega en el mencionado libro que “Américo Lugo (1870-1952) (...) en su tesis El Estado dominicano ante el derecho público, afirma que el pueblo dominicano, mestizo, se desenvuelve sin organización, es dado a la violencia, poco previsor, orgulloso, perezoso y pasional” (p. 14). “En la misma línea de pensamiento, otro de los intelectuales de 1916 fue Federico García Godoy (1857-1924), quien expresó, al referirse al pueblo dominicano: Luce prematuramente envejecido, es indisciplinado, con problemas derivados de su origen étnico, teniendo flaquezas en el espíritu”, concluye la Señora Josefina Záiter.

Naturalmente, las concepciones pesimistas criollas distaban mucho de los grados de rabia y violencia contenidas en los postulados de aquellos europeos racistas del siglo XIX. La tradición histórica de las estrechas relaciones criollas entre amos y esclavos fueron infinitamente más benignas y cercanas que aquella tradición de absentistas franceses, ingleses y holandeses quienes generalmente mantuvieron una relación absolutamente distante e impersonal con sus esclavos de las lejanas colonias, conservando la “prístina pureza de su raza” en todo momento, y quienes, posiblemente, estuvieron influenciados por Herbert Spencer, quien, en 1850 escribió: “Las fuerzas que trabajan por el resultado feliz del gran proyecto no deben considerar los sufrimientos de menor importancia. Deben exterminar a esos sectores de la humanidad que estorban su camino (...) Seres humanos o brutos, los obstáculos deben eliminarse” (8), o lectores del francés Charles Louis Secondant, Barón de La Brede y Montesquieu (1689-1755), quien, sobre la esclavitud de los negros escribía en su obra El Espíritu de las Leyes, Libro XV, que: “El azúcar sería demasiado caro si no se obligase a los negros a cultivarla. Esos esclavos son negros de los pies a la cabeza, y tienen una nariz tan aplastada que es casi imposible compadecerlos”. Montesquieu concluye con que: “La prueba de que los negros no tienen sentido común, es que prefieren un collar de vidrio a uno de oro (...) Espíritus pequeños han exagerado la injusticia que se comete con los africanos, porque si fuera cierto lo que dicen, ¿cómo no habrían pensado los príncipes de Europa (...) en celebrar un tratado a favor de la piedad y la misericordia?”


4- Fin de una retórica y surgimiento de las nuevas ideologías:

Concluida la Era de la formal esclavitud y completados los procesos de Independencia de las excolonias, empieza a generarse en Europa el surgimiento de las nuevas ideologías y los modernos dogmas racistas. La retórica y los argumentos “cientistas” que conformaban la ideología racista con tradición histórica, concluyen.

Posiblemente, una de las primeras manifestaciones de un nuevo racismo surge en Alemania, concluida la Primera Guerra Mundial, con la obra del Dr. W. Liek titulada Participación del judaísmo en la derrota de Alemania (9). Ya no se trataba del clásico y conocido choque entre amos blancos y “salvajes esclavos negros e indígenas”, sino entre blancos alemanes, y judíos igualmente blancos, con “astucia hacia el dominio” –según W. Liek-.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial en 1945, desaparecido el bloque socialista y eliminado el muro de Berlín en 1989, importantes corrientes migratorias se mueven hacia Europa y, en consecuencia, surgen novísimas ideologías racistas.

Como elaboradores de las construcciones teóricas recientes sobre el racismo, es decir, del “racialismo” y sus modernas doctrinas, podríamos mencionar un aluvión de autores europeos y norteamericanos que tratan de esclarecer la maraña teórica estimulada, por un lado, por las doctrinas y la praxis del régimen nacionalsocialista alemán, y, por otra parte, por las inmigraciones recientes a sus respectivos territorios. Para muchos europeos ello representa todo un novedoso mundo de los enfrentamientos y de la valoración de culturas disímiles, y, además, un despertar a las inmigraciones de “los otros”. Para el ámbito dominicano, sin embargo, esto, no necesitamos entenderlo, necesariamente, porque, en cierta forma, somos, a la vez, los otros. Desde hace cinco siglos, hemos estado siendo la síntesis de unas razas y de unas culturas diferentes que han estado actuando en permanente dinámica de fusiones, cuyo proceso de síntesis aún fluye y se elabora. En este sentido, los dominicanos somos los convocantes a nuestra propia epifanía, como diría el lituano Emmanuel Levinas; el otro en sí mismo, la pluralidad en lo singular, como diría S. Freud

“Una de las primeras veces que el término raza se encuentra en círculos académicos –dice César Colino, politólogo español del Instituto Juan March- para referirse al dogma sobre la superioridad de unas razas sobre otras, es en la obra de la antropóloga R. Benedict: Race and Racism (1942). En los años subsiguientes, el término se irá asociando a otras experiencias, como la segregación racial en el sur de Estados Unidos o el régimen de Apartheid en Sudáfrica. A partir de los años sesenta, el término sufre, como ha señalado R. Miles (1989) un proceso de inflación conceptual” –concluye Colino- (10).

Es muy probable que muchas de las recientes construcciones teóricas sobre raza, hayan tenido una concepción, una tradición y un origen vinculado como derivación, adaptación o deformación, al choque cultural verificado entre ibéricos y africanos a partir del siglo XVI, cuyos elementos originarios, aún en estado larvario, fueron trasladados de inmediato a la Isla de Santo Domingo y al resto del Caribe.

Se generaliza y teoriza sobre racismo desde ámbitos que en nada toca nuestra tradición histórica de relaciones entre blancos, indígenas y negros. Poca o ninguna conexión podría haber entre nuestra local y tradicional historia de relaciones y fusiones triétnicas, y las querellas entre el pueblo judío y el pueblo alemán, o con los asombros de unos europeos que recién tratan de defender sus respectivas culturas de las influencias de inmigrantes.

En consecuencia, si nosotros los dominicanos, quienes, como ex-colonia pertenecemos al ámbito de la auténtica tradición histórica de relaciones raciales mixtas, mencionamos en algún momento el término racismo, entonces, aquéllos, los europeos, bien hacen en utilizar otra denominación novedosa, particular y creativa como racialismo para marcar la diferencia.

A ello, en forma general, se ha referido el citado politólogo español C. Colino, cuando expresa: “Se ha hablado, de un modo retroactivo y confuso, por errada analogía y extensión, de un racismo en tiempos en que éste no existía en ningún sentido estricto. Se oye hablar, así, de racismo de los griegos o los romanos, racismo de clase en el feudalismo, racismo de género, racismo contra los pobres, etc. Por otra parte –continúa Colino- también se utiliza el término indiscriminadamente, como insulto, en el enfrentamiento político o ideológico, al evocarse con su uso fenómenos como el fascismo o el nazismo con los que se asocia emotivamente” (11).

Para concluir con el señalamiento de estas construcciones que no corresponden a nuestro ámbito, asomémonos brevemente a parte de la maraña teórica relativa a unas llamadas doctrinas racistas, sobre las que existen incontables análisis, estudios, textos y ensayos sobre tópicos tan diversos y complejos como: racismo en brotes (eclaté), infraracismo, racismo biologista, determinismo culturalista, racismo estatal y politizado, fobia al mestizaje, racismo identitario, heteroracialización, racismo sin raza, y un largo etcétera. Echemos un vistazo final a algunos autores y sus respectivos textos sobre el tema:

J. Aranzadi: Racismo y piedad , 1991; T. F. Pawel: La persistencia del racismo en América, 1992; M. Barker: El nuevo racismo, Londres, 1981; E. Balibar / I. Wallerstein: Raza, Nación y Clases -Las Identidades Ambiguas-, París, 1988; F. Savater: La heterofobia como enfermedad moral, Vuelta, 17, No. 205, p.23-27, Madrid; C. Guillamin: La ideología racista, París, 1972; M. Wieviorka: L·Espace du racism, París, 1990; J. Kristeva: Extranjeros de nosotros mismos, París, 1988; J. Solomos: Raza y racismo, 1993; M. Wetherell / J. Potter: Cartografía del lenguaje racista, New York, Harvester Wheatsheaf, 1992; P. A. Taguieff: Les présuppositions définitionelles d·un indéfinissable, le racisme, Mots, No. 12, 1986, etc. En un trabajo aparte quizás podríamos ver los alcances de cada una de estas elaboraciones.


5- Etiología del racismo:

Ocupándonos ahora del racismo que nos compete, es decir, del racismo como actitud o comportamiento, observemos una general y certera definición:

“Racismo es la idea de que existe una correspondencia directa entre los valores, el comportamiento y las actitudes de un grupo y sus características físicas” (12).

Partiendo de esa acreditada definición, pensamos, ante todo, que los valores, el comportamiento y las actitudes de un individuo o grupo de individuos, corresponde a su ámbito cultural, y que las características físicas, es decir, el aspecto visual, pertenece a su raza.

La idea de que existe una correspondencia directa entre las características físicas y las características culturales debió haber sido fijada en la psiquis del racista por su propia memoria histórica, y reforzada por ancestrales ejercicios de analogías binarias de raza y cultura.

Como hemos ya mencionado, en el pasado hubo unos eventos que originaron lo que es ahora esa memoria. En la España renacentista, el trasfondo de tales eventos estuvo marcado por un “choque cultural” entre ibéricos y africanos que recién tenían un contacto notable. En párrafos posteriores trataremos de analizar ese choque cultural verificado en el siglo XVI.

Antes de que se efectuara ese choque cultural, no es evidente la conexión entre esclavitud y raza. En un vistazo a la historia antigua vemos que la esclavitud, en un determinado momento, estuvo incluso justificada tanto por las prédicas de algunos filósofos (Aristóteles), por el Estado, como por la Iglesia: “el Estado la creyó necesaria para el desarrollo económico, y la Iglesia la aprobó como vía civilizadora” (13).

Griegos y romanos sostenían el criterio de que el sistema económico europeo debía basarse en el uso y la explotación de los esclavos. Los babilonios esclavizaron al pueblo de Israel, y los egipcios hicieron lo mismo con este pueblo hebreo. Incluso, “en las páginas de la Biblia esta relación entre amo y siervo se presentó como una gradación social justa” (14).

Es notorio, sin embargo, la falta de referencias a color o raza del esclavo en estos remotos tiempos. “Como resultado de las campañas militares grecorromanas en el norte de Africa, se dio paso a la introducción de (algunos grupos de) esclavos negros en Europa” (15). Por otra parte, existe documentación donde se indica que a mediados del siglo XIII en el territorio hispánico, en el reino nazarí musulmán específicamente en la ciudad de Granada, se comerciaba con pequeños grupos de esclavos negros producto del intercambio mercantil de esa ciudad con el Norte de Africa (16).

A partir de una relativa generalización de la esclavitud africana en Occidente, es cuando aparece la expresión “esclavo negro”, como primera referencia a la condición esclava de una raza determinada.

En la Era contemporánea, muchas de las actitudes y comportamientos del llamado racista podrían ser explicadas como respuestas a frustradas expectativas de continuar una explotación utilitaria que por siglos estuvo legitimada, y por generaciones visto y percibido como "natural" el que se esclavizara a grupos humanos o individuos considerados diferentes e inferiores.

Aún hoy pervive ese instinto predador de conquistar y aprovecharse de pueblos e individuos diferentes y débiles. Ese instinto, como atávico olfato visual, es lo que hace que el racista actual crea ver en cada negro a un esclavo en potencia, a un cimarrón escapado, a una mercadería de la que puede reclamar pertenencia.

El racista, en el fondo, trata de aprovecharse del aspecto cultural del individuo que “ve” físicamente diferente. El llamado racismo no es más que el instrumental visual que le llevará a la verdadera diferencia, la cual reside en unas características culturales que en el pasado reportaron beneficios a los ancestros esclavistas del actual racista. El hecho de “ver”a un negro, activa en él apetecibles reminiscencias de aprovechamientos; si no es satisfecho se frustra, rechaza, discrimina y arremete.

Alberto Burgio, profesor de Historia de la Ideas en la Universidad de Bolonia, Italia, ha expresado, con acierto, que “el racismo como ideología es un producto del mundo moderno. El racismo –agrega- funciona como una tendencia a considerar natural todo intento de legitimación del trato discriminatorio a grupos diferentes” (17).

Nosotros preguntamos, entonces, ¿grupos humanos diferentes en qué? ¿Diferentes en las características culturales o en las características físicas? Ciertamente, se trata de unas y de otras diferencias, respondemos. Sin embargo, es aquí en donde se encuentra el nudo por desatar en lo relativo al problema del llamado racismo.

Sería interesante dilucidar cómo, a través del tiempo, se ha establecido la conexión de correspondencia entre la raza y la cultura de un individuo.

Pero antes, analicemos el planteamiento del Prof. Burgio respecto a que el racismo es un producto del mundo moderno. En efecto, lo es, porque -lo reiteramos-, no sería concebible que en el siglo XVI un negrero, o un dueño, iba a discriminar, ni a rechazar, ni a sentirse superior ni inferior a su “mercancía”, a su esclavo. Este, el esclavo, aún no superaba, en la concepción del amo, la condición de simple mercadería humana utilitaria que se transportaba, se aprovechaba, se vendía, compraba, re-vendía e intercambiaba. Por tanto, el racismo, en esos tiempos, no tenía razón de ser en lo absoluto. Dentro de esa clásica y general concepción de la esclavitud todavía no había ingresado la noción racista.


6- Es la cultura, no la raza:

Volviendo al concepto de “lo diferente” acorde a lo expresado por el profesor Alberto Burgio, veamos brevemente algunos detalles del proceso hispánico relacionado con la esclavitud, esperando que lo que se derive de tales detalles nos pueda servir de plataforma para exponer nuestra idea -nada novedosa- sobre la percepción de que lo fundamental respecto a “lo diferente” es la cultura y no, necesariamente, la raza.

Observemos algunas diferencias de valores, comportamientos y actitudes (cultura) entre ibéricos y africanos cuando estos dos pueblos potencian su relación en el siglo XVI. Tomemos como muestra de tales valores, comportamientos y actitudes, los requisitos para que un hombre de la España medieval, podía, lícitamente, según se entendía en la época, caer en la esclavitud.

El académico e historiador español contemporáneo Manuel Fernández Alvarez, en su libro Sombras y Luces de la España Imperial, editado en 2004, nos explica que estos requisitos eran:

A- Ser vendido un hijo por su padre, cuando éste se veía en extrema miseria.
B- Cuando la justicia imponía tal pena, en caso de gravísimos delitos.
C- Si caía prisionero en guerra justa.

Habría de tomarse en cuenta que los dos primeros requisitos tenían una aplicación interna de larga data y, en consecuencia, tratábase del uso y costumbre producto de la tradicional cultura ibérica. El tercero, obviamente, debió aplicarse en guerra con extraños. Fernández Alvarez comenta que “de esos casos, el usual era este último, si bien el concepto de guerra justa era muy relativo” .

Los requisitos para que un africano de la época pudiera caer en la esclavitud, nos lo comenta el mismo historiador español, pues no tenemos la versión africana. Fernández Alvarez, dice: “A cambio de armas, de alcohol y de simples baratijas, los reyezuelos negros eran capaces de vender a sus propios súbditos, o bien de dedicarse a la caza de infelices negros de otras tribus; cacería que, por supuesto, no tenían escrúpulos en realizar directamente los negreros blancos, si se presentaba la ocasión” (18 ).

Pensamos que ahí se está frente a la manifestación de un choque cultural entre los valores, los comportamientos y las actitudes (cultura) de ibéricos y africanos. Cuando los ibéricos verifican que los reyezuelos africanos eran capaces de vender a sus propios súbditos, muchas de cuyas razones y requisitos se presentaban muy diferentes a las suyas, se establece, para el ibérico, una clara y consciente diferencia de culturas.

Aquellos ibéricos no hubiesen dejado de realizar el conveniente intercambio si aquellos africanos intercambiados hubiesen sido físicamente blancos o amarillos. Por tanto, no estaba en juego la raza ni el aspecto físico en tales “negociaciones”; lo que estaba en juego, en el fondo, eran valores, comportamientos y actitudes, o sea, culturas, no razas. Unos individuos pertenecientes a una cultura (africana) con unos valores, comportamientos y actitudes particulares, ofrecían la posibilidad de un determinado intercambio a otros individuos (ibéricos) pertenecientes a otra cultura, con unos valores, unos comportamientos y unas actitudes diferentes y particulares, cuyo intercambio, incluso, era mutuamente beneficioso para los concertantes.

La “idea de la existencia de una correspondencia directa entre raza y cultura, es decir, entre unas características físicas y unas características culturales”, fue posterior a aquellos episodios iniciados en el siglo XVI, pero allí empezaría el inicio de fijación en la psiquis de los ibéricos, de lo que posteriormente sería memoria histórica. La prolongación por siglos de similares interacciones entre, por un lado, portugueses, españoles; luego franceses, ingleses y holandeses, y, por el otro lado, los africanos, se encargaría de reforzar una memoria plural, y conformaría definitivamente la idea de esa correspondencia directa entre raza y cultura que indica la definición de racismo.

En la concepción de aquellos blancos ibéricos y demás esclavistas posteriores de toda laya, una cultura africana había ofrecido, en principio, la posibilidad de un intercambio abominable que sólo beneficiaba a los “negociadores”. Así lo explotaron, lo aprovecharon, y posteriormente, a causa, quizás, de la misma original naturaleza de aquellos inicuos precedentes, quebrantarían toda norma de negociación, convirtiendo la relación en abierto abuso de factorías. Pagaron las consecuencias los capturados e intercambiados; se beneficiaron los negreros, los reyezuelos, los intermediarios, los dueños y los amos. Hubo de esperarse a que acontecieran los futuros eventos acaecidos en el siglo XVIII para que la condición de los infelices capturados, intercambiados y esclavizados, empezara apenas a ser modificada.

En general, y concluyendo, el racista actual que mantiene esa “idea de conexión entre raza y cultura” podría en algún momento perder las perspectivas y notar con sorpresa la desconexión de esa supuesta “correspondencia”, convirtiéndose tal cómodo ejercicio en estrepitoso “acto fallido”.

A modo de ejemplo de acto fallido respecto de esa “correspondencia directa”, sólo imaginemos una escena, por demás hilarante, en la que aparezca, en pleno siglo XXI, un puñado de portugueses desfasados y alucinados, imbuidos aún de aquel espíritu conquistador del siglo XVI, corriendo en una playa nipona detrás de lo que para estos lusitanos serían unos hombrecillos amarillos del actual Japón, pretendiendo acorralarlos para tomarlos como esclavos. El portentoso desarrollo de la sociedad de la que son parte tales “diferentes” hombrecillos amarillos respecto de la sociedad de sus captores, es lo que provocaría hilaridad en el espectador de tal escenario y, a la vez, debería provocar la vergüenza de los captores tan pronto noten la gravedad de su error.

Concluyamos con un último ejercicio imaginativo y supongamos el actual descubrimiento de una civilización negra enclaustrada desde el siglo VII en un complejo de monasterios, cuya civilización discretamente ha estado por siglos a la vanguardia de la ciencia, el arte y la tecnología y cuyos conocimientos han ido facilitándo secretamente a específicas elites de determinadas potencias a través de los últimos trece siglos. Repentinamente, media docena de negreros racistas se encuentran en medio de estas modernísimas instalaciones de investigación y desarrollo de tecnología punta. ¿Cuál sería su actitud frente a estos avanzadísimos negros hasta ahora desconocidos? ¿Plantearían el intercambio de súbditos por baratijas? ¿Lo plantearían los enclaustrados?

Estos ejercicios imaginativos podrían ser variados a voluntad, pero siempre darían el mismo resultado: lo que hace la diferencia no es la raza; son los valores, el comportamiento y las actitudes, es decir, la cultura.

Finalmente, ¿qué es el racismo sino activación de una memoria desfasada? Más que unas características físicas, son las diferencias culturales lo que, en el fondo, siempre ha estado en juego como reto permanente. El así verlo y comprenderlo abre nuevas y reales posibilidades para unos y otros. “La actitud racista traduce todo lo que es histórico en natural y, en consecuencia, lo vuelve imposible de modificar”. Ciertamente, la raza puede cambiar sólo en generaciones, mas, la cultura es flexible y dinámica; toca al individuo en su presente y lo modifica.

Pedro Samuel Rodríguez-Reyes
Santo Domingo, República Dominicana,
11/05/2005



Notas:
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1- Richard Mayne; Los europeos, ¿quiénes somos? ; Plaza & Janes, S. A., Editores, 1972, pp. 45 - 47.
2- W. Conze; Rasse. Stuttgart, Alemania ; Klett-Cotta, 1990.
3- El Virreinato antillano de Santo Domingo otrora centro neurálgico en el Caribe, fue quedando relegado a mediados del siglo XVI. El historiador cubano Ramiro Guerra Sánchez explica que: “Después de fundados los virreinatos de México y del Perú y de emprendida la conquista de Nueva Granada, de descubierto el canal de la Florida, y de mejor conocidos los mares de las Indias, las corrientes y los vientos del Atlántico, se establecieron nuevas rutas más ventajosas, a virtud de las cuales Santo Domingo dejó de encontrarse en una posición privilegiada”. Ramiro Guerra Sánchez; Manual de Historia de Cuba; Cultural, S. A., Habana, 1938, pp. 73-74.
4- C. Guillaumin; L·Ideologie raciste. Genése et language actuel, Paris, Mouton, 1992.
5- Tzvetan Todorov; Nous et les autres : la réflexion francaise sur la diversité humaine. Paris, Seuil, 1989, p.113.
6- Manuel Pimentel; Los otros, los bárbaros. Diario El País, Madrid, España, 2/09/2002.
7- Josefina Záiter; Federico Henríquez Gratereaux; León David; Manuel Maceiras Fafián: Identidad y Proyecto de Nación. Fundación Global Democracia y Desarrollo; Santo Domingo, 2004, pp.14-15.
8- Herbert Spencer; Social Statics, 1850.
9- Citado en: Henry Ford; El Judío Internacional. Editora Latinoamericana, S. A., México, 1960, p. 26
10- César Colino; Racismo; El Correo de la UNESCO, sept. 2001.
11- Idem.
12- The Social Science Encyclopedia, Routledge, 1996. // En la tradición psicoanalítica de interpretaciones de racismo existe una de la búlgara Julia Kristeva (1941): “racismo es la incapacidad del ego para manejar la diferencia”; Etrangers á nous-memes, Paris, Fayard, 1988.
13- Luis M. Díaz Soler; Historia de la Esclavitud Negra en Puerto Rico; Editorial Universitaria; Universidad de Puerto Rico; Tercera edición, Barcelona, 1970, p. 17.
14- Ibidem
15- Ibidem
16- Lola Cruz; Mil años de historia de España; Alianza Editorial S. A., Madrid, 2000, p. 153.
17- Alberto Burgio. El racismo mundializado. Entrevista realizada por Ivan Briscoe, periodista del Correo de la UNESCO. Sept., 2001.
18- Manuel Fernández Alvarez; Sombras y Luces en la España Imperial; Espasa Calpe, S. A., Marid, 2004, p. 89. // Fernández Alvarez se refiere al intercambio de prisioneros por mercancías en las costas occidentales de Africa en el siglo XVI entre traficantes negreros portugueses y reyezuelos africanos, cuya lista de mercaderías compilada por el antropólogo cubano Fernando Ortiz, mencionamos en el capítulo I del presente texto. // La referencia a “prisioneros de guerra” es indicada por Luis M. Díaz Soler en su libro arriba citado. Díaz Soler dice: “Las tribus africanas se enfrascaban en enconadas luchas y los victoriosos tenían miles de prisioneros de guerra de los cuales querían librarse. Cuando el europeo arribó a aquellas playas, recibió aquellos trofeos humanos en venta (...) Se interesaron los portugueses y cargaron con el ébano humano para Europa. P. 18. // La referencia a “negreros portugueses” se explica porque “las rutas africanas permanecían cerradas a favor de Portugal (...) En 1494 Portugal firmaba con Castilla los Tratados de Tordesillas que trazaban una línea imaginaria de polo a polo, por la que el mundo quedaba dividido en dos (...) el Este de dicha línea sería de influencia portuguesa (costas occidentales de Africa: psr) y el oeste (América, excepto Brasil: psr) de influencia española”. Lola Cruz; Ob. cit., pp. 274-275.-


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7 Comments:

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